La dignidad personal: llegar a ser discípulos de Jesucristo
"Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia" (Proverbios 3:5).
Cuando escuchamos la palabra dignidad, muchas veces pensamos en una entrevista, una recomendación para el templo o una lista de cosas que debemos hacer o evitar. Sin embargo, la dignidad es mucho más que eso.
La dignidad es el resultado de esforzarnos sinceramente por seguir a Jesucristo. No significa ser perfectos; significa estar en el camino de los convenios, arrepentirnos cuando nos equivocamos y seguir adelante con fe.
El Señor no busca jóvenes perfectos. Busca jóvenes dispuestos a seguirlo.
¿Qué significa ser digno?
Ser digno significa vivir de tal manera que podamos sentir la compañía del Espíritu Santo y recibir las bendiciones que Dios desea darnos.
La dignidad no se mide por la ausencia de errores, sino por nuestra disposición a volvernos al Salvador una y otra vez.
El presidente Russell M. Nelson enseñó:
"Nada abre más los cielos que una combinación de mayor pureza, exacta obediencia, búsqueda diligente, ayuno frecuente y oración sincera".
La dignidad es un proceso de crecimiento espiritual que dura toda la vida.
El Salvador es la medida
A veces nos comparamos con otras personas:
- "Yo soy mejor que..."
- "Yo hago más que..."
- "Yo nunca hice eso..."
Pero la verdadera pregunta no es cómo estamos comparados con otros.
La verdadera pregunta es:
¿Me estoy acercando más a Jesucristo?
El folleto Para la Fortaleza de la Juventud enseña:
"Jesucristo es tu fortaleza".
Cuando una decisión se presenta, podemos preguntarnos:
- ¿Esto me acerca más a Cristo?
- ¿Invita al Espíritu?
- ¿Me ayuda a guardar mis convenios?
- ¿Me prepara para entrar al templo?
Si la respuesta es sí, probablemente sea una buena decisión.
Principios que fortalecen la dignidad
Fe en Jesucristo
La fe es mucho más que creer.
Es confiar en el Señor lo suficiente como para obedecerlo aun cuando no entendamos todo.
La fe se fortalece cuando:
- Oramos diariamente.
- Estudiamos las Escrituras.
- Participamos de la Santa Cena con verdadera intención.
- Seguimos al profeta viviente.
- Servimos a los demás.
"La fe no es tener un conocimiento perfecto" (Alma 32:21).
Pureza moral
Vivimos en un mundo que constantemente minimiza la ley de castidad.
El Señor enseña algo diferente.
Nuestro cuerpo es sagrado.
La intimidad física es un don divino reservado para el matrimonio entre un hombre y una mujer.
La pureza incluye:
- Nuestras acciones.
- Nuestras palabras.
- Nuestros pensamientos.
- El contenido que consumimos.
- La manera en que tratamos a otras personas.
La verdadera pureza no consiste solamente en evitar el pecado, sino en aprender a vernos a nosotros mismos y a los demás como hijos e hijas de Dios.
"¿No sabéis que sois templo de Dios?" (1 Corintios 3:16).
Cuidar el cuerpo y la mente
La Palabra de Sabiduría es más que una ley de salud.
Es una muestra de confianza en Dios.
Cuando evitamos sustancias dañinas y cuidamos nuestro cuerpo, demostramos gratitud por el regalo de la vida.
También debemos cuidar aquello que alimenta nuestra mente:
- Música.
- Películas.
- Redes sociales.
- Videojuegos.
- Conversaciones.
Todo aquello que invite al Espíritu fortalece nuestra dignidad.
Honestidad e integridad
Ser digno también significa ser la misma persona cuando nadie nos está observando.
La integridad se demuestra:
- En la escuela.
- En el trabajo.
- En internet.
- Con nuestros amigos.
- Con nuestros padres.
- Con Dios.
La honestidad genera confianza, y la confianza abre la puerta a grandes bendiciones.
Diezmos y ofrendas
Pagar el diezmo es una demostración de fe.
Cuando devolvemos al Señor una parte de lo que Él nos ha dado, declaramos que confiamos más en Sus promesas que en nuestros propios cálculos.
El Señor prometió:
"Abrid las ventanas de los cielos" (Malaquías 3:10).
Miles de Santos de los Últimos Días pueden testificar que esa promesa es real.
Las pequeñas decisiones importan
Rara vez perdemos nuestra dignidad por una única gran decisión.
Normalmente se fortalece o se debilita a través de cientos de pequeñas decisiones.
- Elegir orar.
- Elegir decir la verdad.
- Elegir apagar algo inapropiado.
- Elegir servir.
- Elegir asistir a la Iglesia.
- Elegir leer las Escrituras.
- Elegir arrepentirse rápidamente.
Cada decisión nos acerca o nos aleja del Salvador.
Cuando cometemos errores
Todos pecamos.
Todos necesitamos arrepentirnos.
Todos dependemos de la gracia de Jesucristo.
El arrepentimiento no es un castigo.
Es un regalo.
Gracias a la expiación de Jesucristo podemos cambiar, ser limpiados y comenzar nuevamente.
"He aquí, el que se ha arrepentido de sus pecados es perdonado; y yo, el Señor, no los recuerdo más" (Doctrina y Convenios 58:42).
Si has cometido un pecado serio, habla con tu obispo o presidente de rama.
No cargues esa carga solo.
El Señor llamó a esos líderes para ayudarte.
¿Por qué vale la pena?
La dignidad trae bendiciones que el mundo no puede ofrecer.
- Mayor compañía del Espíritu Santo.
- Paz interior.
- Fortaleza para enfrentar tentaciones.
- Revelación personal.
- Confianza ante Dios.
- Preparación para servir una misión.
- Preparación para el matrimonio eterno.
- Acceso a las bendiciones del templo.
Pero la bendición más importante es esta:
La dignidad nos acerca a Jesucristo.
Una invitación
No esperes a ser perfecto para comenzar.
Comenzá hoy.
Elegí una cosa que puedas mejorar esta semana.
Orá por ayuda.
Tomá una decisión valiente.
Y seguí adelante.
El Señor camina contigo.
"Venid a Cristo, y perfeccionaos en él" (Moroni 10:32).
La dignidad no consiste en demostrar que somos suficientemente buenos para Dios.
Consiste en permitir que Jesucristo nos transforme en la persona que Él sabe que podemos llegar a ser.